I.E.S. Justo Millán

CENTRO FINANCIADO POR

fondosocialeuropeo

FP Básica - 3º y 4º ESO

ministerioeducacion
educ

Manifiesto del día del libro PDF Imprimir E-mail

 

Manifiesto anti-complaciente del Día del Libro

 

IES Justo Millán – 30  de abril de 2013

 

Carlos G. Salazar

Señor director, señoras y señores profesores y miembros del personal no docente, señoras y señores estudiantes y miembros de la comunidad educativa en general: comenzaré este manifiesto del Día del Libro, de los derechos de autor y, a lo mejor, de la lectura –día 23 de abril, según la convención instaurada formalmente por la UNESCO en 1995– recordando los símbolos utilizados, de manera no tan casual.

 

San Jorge, el ejecutor del dragón y, por lo tanto, icono de la victoria del género hagiográfico sobre la épica pagana; y porta-estandarte de la cultura y de las editoriales catalanas. La rosa, alegoría polivalente del amor, de la belleza, de la pureza, de la virginidad y prácticamente de cualquier cosa. Además, según cuenta la leyenda, de la sangre que manó del dragón brotó una rosa roja. Y, como colofón, nada menos que la coincidencia en el día de las defunciones de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, en 1616, así como de algunos otros ilustres literatos de los dos idiomas occidentales más importantes, por el número de hablantes y por la influencia geográfica.

 

            Compartiendo o no esta concatenación de coincidencias promovida por la industria editorial, una industria tan potente que sobrelleva mejor que muchas otras la crisis que casi todos padecemos; celebremos, por qué no, la existencia del objeto cultural más poderoso producido y consumido por el ser humano hasta la actualidad. Dentro de su ámbito, tan poderoso como un ejército bien armado y entrenado o como el antiguo temor de los cristianos a la excomunión. Un objeto hoy en pugna con los medios audiovisuales por conservar la hegemonía sobre el interés del público; aunque, una vez conseguido el interés, ni internet ni la televisión ni los vídeo-juegos han proporcionado todavía una experiencia tan productiva como la de leer un buen libro reposadamente.

 

            Fijaos si un producto cultural –no necesariamente un libro, también una película por ejemplo– puede ser poderoso que una obra es susceptible de recibir tantas interpretaciones como individuos hayan tenido acceso a ella. Por esa simple razón siempre ha habido y habrá obras desaconsejadas, censuradas o, directamente, prohibidas; obras que ofrecen una alternativa, obras que hacen pensar y sentir por uno mismo, sin intermediarios que te digan cómo las debes interpretar. En otros tiempos y aún hoy, a estas obras les han puesto etiquetas amedrentadoras y disuasivas: vanguardistas, satánicas, sacrílegas, revolucionarias, radicales,políticamente incorrectas”, perversas, “malas” o “raras” según los cánones de las academias, irreverentes, impías, inmorales, iconoclastas, heterodoxas, heréticas, decadentes, contestatarias, “anti-sistema”... Os suena, ¿verdad?

            Efectivamente, en los últimos decenios la Democracia ha aportado la sutileza. Nuestro modelo de sociedad ha permitido que, detrás de sus cornucopias y oropeles de cartón-piedra, detrás del falso igualitarismo consumista y de la falsa prosperidad, se oculten confortablemente los poderosos: esos que sí prosperan a costa de los pueblos, a costa de los estados soberanos. ¿Qué quiero decir? Ni más ni menos, digo que a esa minoría que lo gobierna todo desde la sombra, que no admite que las leyes se entrometan en sus actividades ni que les obliguen a pagar impuestos, –a esa gente– le conviene pasar desapercibida; y para eso necesita que la “masa trabajadora” –así nos ven aunque eviten el término– creamos que somos libres, que tomamos nuestras propias decisiones y que el sistema democrático garantiza el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Pero, aún después de agrietarse y empezar a desmoronarse por todas partes, tenemos que creernos que este grandioso decorado pseudo-democrático es inmejorable, insustituible.

 

Con esos propósitos, nunca reconocidos pero destapados al fin por esta crisis, el dinero pone todo su desdén o todo su empeño, según el caso, en: que la gente de cualquier edad, los menores también, pueda drogarse y emborracharse libremente en la calle para “divertirse” y que, al mismo tiempo, los estudiantes de la escuela pública –los hijos de los trabajadores, asalariados o autónomos– reciban una formación menos sólida que la de los estudiantes de los colegios de las élites, que sí se lo pueden permitir porque para eso tienen más pasta; que se difundan atractivos listados de los libros que “hay que leer” –best-sellers, la mayoría, y obras de usar y tirar en general– y que los lectores no pierdan el tiempo con libros raros o peligrosos; que la publicidad quede bien enmascarada entre las noticias de los telediarios; que no haya demasiados lectores de los que saben leer entre líneas y sacar sus propias conclusiones; que la manipulación de la publicidad masiva nos conduzca en cada decisión que tomamos; y, muy importante, que la gente sea capaz de partirse la cara con quien se tercie por su equipo de fútbol o por las inflamadas consignas de su partido político, pero jamás por defender sus derechos.

 

Parece que me he salido del tema, ¿no? ¿Me he salido del tema? (…) ¿Cuántos creéis que se me ha ido la pinza? Vamos a hacer un experimento. No levantéis las manos, gritadlo: “¡Charlie, se te ha ido la pinza!”. Yo no miro (…) De verdad, no voy a mirar. (…)

 

¿Qué tienen que ver, entonces, los libros y la lectura con los trucos sutiles de don Dinero disfrazado de Democracia? Veamos.

 

            La lectura jamás pasará de moda. Por eso no hay que temer. Siempre hará falta leer. De hecho, hace falta leer hasta para jugar a la Wii, ¿o no? De la misma forma, habrá que seguir leyendo: para descargarse música y películas; para comprar en eBay o en Amazon; para reservar un billete o unas vacaciones por internet; para hacer la declaración de la renta; para satisfacer puntualmente los vencimientos de la hipoteca; para saber hacer nuestro trabajo… En resumen, para ser buenos subalternos –currantes– y, sobre todo, para ser buenos consumidores, es decir fieles y grandes consumidores. Si, además, la mayoría de los consumidores son lectores irreflexivos y superficiales, mucha más manteca se les podrá sacar.

 

No me lo toméis a mal. Esta es la modesta pero fundamental lección de hoy. La gente que no lee o que lee cuando no tiene más remedio, la gente que sólo lee –o que sólo sabe– de lo suyo, la gente que no piensa ni ha desarrollado su sentido crítico, la gente que prefiere que le den las ideas pensadas, la gente que no sabe o no quiere distinguir lo que importa de lo que no… Todas esas gentes son los nuevos “analfabetos” de hoy, presas fáciles de los grandes grupos de poder y de las multinacionales, que a diario vienen a vendernos cosas, estilos de vida y servicios, publicitándolos como si fuesen imprescindibles para vivir felices en nuestra falacia democrática (…) En nuestra democracia de mentira, ¡vaya!

 

Yo os aseguro que nuestras lecturas y nuestra capacidad crítica nos dotan de la facultad de resistir ese sinnúmero de agresiones, a menudo imperceptibles, que sufrimos la gente corriente todos los días. Los gobiernos y los partidos políticos están tan endeudados con el capital que los financia que jamás van a cambiar esta lamentable realidad; tendrían que morder la mano que les da de comer. Cuando queramos decir “basta ya” y acabar con este desamparo de nuestros supuestos representantes, juntos y con un libro en ristre será un poco más fácil. La hipotética comodidad de no leer, nos sentencia no sólo a la ignorancia y a la insensibilidad sino también a la exigua libertad condicional que quieran concedernos los potentados, los ambiciosos sin escrúpulos y sus cómplices.

 

 

 

Por eso haceos el favor de leer. Leed cuanto caiga en vuestras manos, aunque sea por obligación si se trata de las lecturas del instituto, y leed por placer. En casa, leed lo que más os guste, pero tratad de leer variado. Entreteneos con los cómics. Leed ensayos. Releed los libros de arte y de ciencia, de filosofía y de historia. Leed novela y poesía. Id al teatro. Disfrutad con los clásicos. Aprended a apreciar las leyendas y la mitología de nuestra civilización. Informaos sobre los deportes, sobre la nutrición y la salud. Hojead, por lo menos, los periódicos; comprobaréis que no hay dos artículos siquiera parecidos sobre la misma noticia. Embarcaos en la literatura de aventuras, de viajes y de costumbres. Leed en castellano, en árabe, en catalán, en euskera, en francés, en gallego, en inglés, en italiano, en portugués, en rumano, en ruso y en toda lengua que sepáis. Leed sobre vuestra religión y sobre otras religiones del mundo: veréis en cuántas cosas se parecen. No dejéis de indagar sobre la naturaleza y el universo; y no os olvidéis de la economía o ¿acaso se puede en estos tiempos? En definitiva, no despreciéis ningún género ni ninguna materia de conocimiento. En el transcurso de la vida, cada día, habrá una lectura apetecible, necesaria, relajante o sorprendente convocándote.

 

            A título ilustrativo, os diré que en mi vida hubo una época en la que las lecturas necesarias me tuvieron alejado y demasiado distraído de las lecturas apetecibles. Por suerte, a la edad de cinco años, mi hijo me conminó muy convincentemente a “desapuntarme” de director. Papá, desapúntate de director”, me decía. Yo le hice caso. Todas las viejas historias olvidadas junto con las nuevas, tanto tiempo postergadas, hicieron el resto.

 

Desde entonces, hemos compartido muchísimas aventuras. Nos deslizamos furtivamente con Alicia en el País de las Maravillas. Nos dimos el gran atracón de chocolate con Charlie en la fábrica de Willy Wonka. Viajamos como polizones a bordo de La Española rumbo a La Isla del Tesoro. Nos conmovió la transformación de una marioneta de madera en un niño italiano de carne y hueso. Aprendimos argucias ingeniosísimas navegando con Ulises de regreso a Ítaca. Una vez, despegamos de la tierra y pusimos pie en la Luna acompañando a uno de los célebres mosqueteros del rey de Francia. Escuchamos con deleite los siete relatos de Sindbad el marino acerca de sus naufragios y los prodigios que encontró en el Mar de Arabia y en el Océano Índico. En los últimos meses, hemos conocido a bastantes personajes heroicos y mágicos, también a terribles monstruos, en nuestras larguísimas caminatas por la sobrecogedora naturaleza de la Tierra Media; el Anillo de Poder está muy cerca ya del Monte del Destino. Después, ¿quién sabe? Puede que aceptemos la invitación del Capitán Nemo y nos embarquemos en el Nautilus.

Y hasta hoy, cada vez que Álvaro cae rendido de puro cansancio hacia el final de un capítulo, con su dulce carita de satisfacción, doy gracias por gozar del mayor tesoro de la existencia: el agradecido amor de un hijo; y doy gracias a la literatura por su ayuda.

 

Para concluir, regresaré de la ficción a la realidad. Dicen que dijo una vez Santa Teresa de Jesús: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Si la cita fuese verdadera, podría ser por ella se diga también: “Tienes más razón que un santo” o que una santa. Ahora bien, hay tres cosas que sí proclamaremos sin dudar. ¡Viva la lectura! ¡Vivan los libros! ¡Y que vivan los lectores avisados!

 

Gracias por vuestra amable atención.